jueves, 16 de abril de 2009
Por fin la tan publicitada foto
Desde las islas xalápagos
Tuve la fortuna de pasar las vacaciones en las islas xalápagos, al occidente del Puerto de Veracruz, bella urbe capitalina con humedad y extremas temperaturas. Se come chido.
martes, 31 de marzo de 2009
Felicidades a Ariel Vercelli
¡Compa, cada día más chingón ! Felicidades.
No dejen de visitar su blog: http://www.arielvercelli.org/
Like a bat out of hell
Podría sonar cursi, pero hoy que fue mi último día en el infierno, extraño las llamas……
Mis compañeros me hicieron una despedida. Me preguntaron que dónde, que en qué restorán fino quería yo comer.
Ni madres: los mejores momentos los pasé en la fonda del camaroncito y allí quería regresar.
Todo fue para mí un pretexto para no derretirme. Quería evitar a toda costa la despedida. Enfrentar a cada uno de ellos para despedirme tuvo que ser previo respiro una o dos veces profundamente; con un alto grado de concentración en lo bueno que es salir del infierno, descansar. Sin embargo no fue fácil.
Uta, qué difícil va a ser dejar de compartir proyectos prospectivos y ciencia ficción con León.
Que difícil será no poder ir a la oficina de junto y sumergirme en un oasis de paz en medio de tantas llamaradas maléficas, con mi tlatoani en forma de amiga.
Extrañaré ser fumador pasivo con las eclécticas conversaciones de Wiki-Rosales, compartiendo más que conocimiento.
Se me estaba haciendo costumbre –agradable costumbre- sentirme apoyado en todo por Liz.
Koma, tu sabes cuánto te voy a extrañar.
Tantos amigos talentosos de los que dejaré de aprender cada día y con los que me divertí horrores: Anita, Mally, Brenda, Angelita, Caro, Nicolás, César, Óscar, Ángel, Chayito, Alfred, Chío, Monse, Carmen, Fernando y por supuesto: Gabs y su bebé.
Gracias por su apoyo a muchos otros amigos de distintos municipios infernales de donde salí hoy: Pumita, David, Samuel, Cindy, Lulú, Claudis, Brenda (súper), Terewere, Gustavo, Osvaldo, Maye, Rox, Trini, Olivia, William, Paulino, Diana, Elenita, Isra, Soni, Oliver, Arthur, Luis Enrique, Paco, Willy (paisano), Lety Barrios, Giovanni, y un resto de banda chida que me brindó su apoyo en estos dos años por allí.
Gracias a todos.
domingo, 29 de marzo de 2009
Pena ajena
No tengo palabras para describir lo que causó en mí enterarme que un tribunal decidió exonerar a Echeverría por el genocidio del 68.
Un par de días después del hecho ignominioso, conversaba con un querido amigo argentino sobre algunos puntos de coincidencia entre mexicanos y argentinos; basados en el hecho de que ambos países habíamos sufrido voraces ataques de autoritarismo de parte de nuestros respectivos gobiernos (si bien es cierto que a los del cono sur les había ido bastante más mal).
Tuve que agachar –virtualmente- la cabeza al platicarle que habían exonerado a Echeverria. Me dio pena ajena. Sentí que le decía detrás de la frase, que nuestras autoridades judiciales pueden ser volubles hasta el punto de exonerar a personajes como Marín, Ruiz, Echeverría. No actúan ante la obviedad de las pruebas; se doblegan ante el poder.
Siempre entre mi compadre argentino y yo ha habido una tácita competencia de orgullo por poner nuestro país por delante; siento que ahora perdí. Perdí porque –independientemente de lo que pase en Argentina-, no pude demostrar la solvencia moral de nuestro país. Yo sé que las decisiones de la corte no reflejan el sentir de millones de mexicanos; pero en teoría representan al país. Imagínese que el lector es una unidad en una familia de cinco miembros; en donde cuatro de ellos son ejemplares en su virtud mientras que uno de ellos es un delincuente feroz. ¿No dejaría el lector de sentirse (no apenado tal vez) sino triste?
Pues exactamente es lo que siento ahora. Ojalá en un futuro la historia nos permita rectificar como pueblo los garrafales errores de unos pocos individuos sujetos a los vendavales del poder.
Al 2 de octubre del 68, contaba yo con escasamente cuatro años y las consecuencias del acto vil me tocaron indirectamente, al igual que a muchísima gente.
Colaciónese.
domingo, 8 de marzo de 2009
Nuestra propia frontera sur
Una vez terminada de leer con detalle la extraordinaria colección “México y sus fronteras”, editado por
Antes que nada debo explicar de qué consiste la colección. Se trata (hasta donde sé) de tres libros que relatan la conformación de las fronteras de México a través de los distintos períodos de la historia. Uno de los tomos se denomina “Espacios diversos, historia en común. México, Guatemala y Belice: La construcción de una frontera”; uno más se intitula “Un mar de encuentros y confrontaciones. El Golfo-Caribe en la historia nacional” y el más amplio en información es “El lindero que definió a
Estos tres libros han ocupado horas apreciables de mi tiempo. Quiero comentar un detalle importante que se me escapaba hasta antes de su lectura:
Así como los Estados Unidos se llevaron mediante la fuerza, la diplomacia o la astucia millones de kilómetros cuadrados de México, nosotros mediante técnicas muy similares, tomamos de Guatemala, mediante la firma del Tratado de Límites del 27 de septiembre de 1882, un total de
Lo importante de ésta enseñanza se resume en la coloquial frase “vemos la paja en el ojo ajeno pero no vemos la viga en el propio”, lo cual nos sucede a todos; situándonos en un referencial que nos aleja de la visión del prójimo. Así, cuando nos quejamos por el tráfico; no nos ponemos a reflexionar sobre lo mal que lo pasan los vecinos que viajan por el anaranjado transporte hacinados y cansados, más que los que viajamos en auto.
Nos quejamos de lo cara que está la vida al salir del supermercado y pagar una cuenta de ochocientos pesos, sin reparar en que según una estadística que escuché en la radio hace unos días, sólo un 10 % de la población mexicana tiene ingresos suficientes para llenar el refrigerador.
No pretendo sonar conformista en medio de una crisis, sino invitar a los lectores a una reflexión de carácter profundamente humanístico, que nos hace demasiada falta en los momentos en los que vivimos de emergencia económica y de seguridad.
Es muy importante que volvamos a transmitir civilidad a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de escuela, de trabajo. Es importante notar cómo aumentan los pequeños diferendos entre conciudadanos provocados por la desesperación, por la necesidad latente de desquitarnos de la inmensa frustración en que se ha convertido nuestra vida cotidiana.
Veamos la viga en nuestro ojo y pidamos a los nuestros que nos la enseñen y aprendamos a cargarla. La situación me recuerda a la novela “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago. Los mexicanos nos estamos quedando ciegos y la ceguera es contagiosa. Tú o yo podemos quedarnos ciegos de un momento a otro. No debemos permitirlo.
jueves, 19 de febrero de 2009
Atomic
Si me tardé en escribir de nuevo en el blog, fue por culpa de Atomic.
Se que crearé cierto nivel de controversia al escribir esto, pero hoy reflexioné acerca de la necesidad de sacar al exterior aquello que nos inquieta.
Esta noche de regreso a casa –como todas las noches-, enfrentado al tráfico durante más de una hora, con el calor del motor del miniauto quemándome las rodillas; la mente viajaba a mil por hora hacia Atomic.
Atomic: Parecida a las vertiginosas noches de mi juventud, en las que las luces del periférico discurrían raudas a ambos lados de mi cabeza mientras manejaba a toda velocidad a altas horas de la noche: así es Atomic.
Uta, me preguntarán, ¿qué es o quién es o dónde es Atomic?
Atomic es un alguien, es algo y es un lugar específico. Es con quien estuve ayer martes, es un estado de ánimo y es un lugar que visité en Los Ángeles hace un poco más de 20 años.
Cada noche me puedo conectar a/con/hacia Atomic. Ella/eso/allí se vive veloz. Se vive luminoso, se piensa/siente intenso.
No más ambigüedad. Procedo a la descriptiva:
1) El lugar
Un lobby bar en un hotel en downtown LA en 1988. Regreso de caminar muchísimo renegando del uso del transporte público en la babilónica LA. Calor, visiones apocalípticas y dinero en la bolsa; por ende, compras. Llego a la habitación donde mullidas almohadas, suaves blancas toallas de siete tamaños distintos me arropan. Me baño, bajo al lobby bar, bebo una dos tres más cervezas. Lugar a media luz, con mesitas de madera y cómodas sillas bajas. Una barra con bancos con asientos de piel. Color ámbar la piel de los bancos. Lámparas completando el ambiente y un pianista tocando jazz. Entonces llega ella despampanante alta sexy woooowwww.
I can’t believe my luck. En tres cuartos de hora –lo juro- estaba besándola en todo el cuerpo. Nacida en LA de madre nicaragüense y padre gringo hablaba español con un acentito divino. Me dolió dejar la aventura después de tres noches increíbles de las que no he tenido –salvo contadas ocasiones- otro punto de comparación.
Las calles grafiteadas, las vírgenes de Guadalupe en los muros con la condición binacional y bidimensional, las agresiones de tus paisanos residentes en EU, el Dodger Stadium y sus memorables jochos, así como la comida thai y vietnamita acompañaron las tres noches atómicas en que el hongo destructor alcanzó alturas siderales para caer lenta estrepitosa inefablemente hasta el nivel del olvido, de la petite mort.
2) La situación
Cuatro años antes en
Arrepentida que me dí el día que acepté el transporte hermanístico. Su hermana era un verdadero bombón. Me volví un adepto del raid vespertino desde ese preciso momento. Con tal de ver sus ojos por el retrovisor. De escucharla.
Les dará risa, apreciables lectores, pero era la época del disco samba, ridiculísimo potpourrí de Música Popular Brasilera cuya intervención era obligada en cualquier fiesta juvenil de finales de los años 70’s en Chilangolandia. Pero más ridícula era su interpretación dancística. Pero calla boca: por la hermana de mi amigo bailé ese esperpento un par de veces. Siento una especie de alegría maligna al contárselo. Alegría porque felizmente ya no volveré a bailar disco samba jamás. Nota Bene: Mejor ni digo, no vaya a ser que en estado inconveniente me atreva a semejante desfiguro en alguna otra ocasión.
Pero lo rescatable fue el momento. Retraído, cínico y antisocial como acostumbraba ser, me generó una suerte de ímpetu lineal la hermana del amigo. Y de manera específica me refiero al ímpetu como la situación que quiero expresar. Es lo más parecido a velocidad, si es que me entienden.
Allí viene lo difícil. Más de veinte años después el círculo se cierra. Como la mayoría de los seres humanos, maduramos, es decir que nos llenamos de responsabilidades, de cargas, aceptamos esas responsabilidades y hasta podemos decir que jugamos con ellas con poca o mucha habilidad. Esos trabajos nos llenan de kilos y nos hacen perder cabello. Una luz de pronto invade el horizonte. Ni te lo esperas. Tienes años sintiéndote que has salido de la manada, desinteresado, triste; con intereses que van más por el lado del desempeño profesional.
Y de pronto llega Atomic. Está aquí y está cerca. Tampoco lo puedo creer, como en la ocasión de LA.
Me hace sentir luz, velocidad e intensidad. Me hace ser y estar. No tengo miedo y voy por todo. Ya siento su aroma en mi ropa, en mis manos y en mi piel. Cerca.
Lo interesante es que ella evoca al lobby bar, me recuerda a la sensación que sentí al conocer a la hermana de mi amigo de la secu y en conjunto se parece mucho a lo que se llama vivir.
miércoles, 11 de febrero de 2009
Lorena Jordán - Primera colaboración para la Ampolla Cerebral
Lorena Jordán
Yo voy a describírsela según mi imaginación: así de cachonda resultaría en el mundo donde decidí colocarla anoche, después de las cinco de la mañana en que terminé de leer “La voluntad y la fortuna”, espléndida novela de Carlos Fuentes.
Lorena es una mujer como de 30 a 32 años. De 1.70 m de estatura, hija menor de una rica comerciante agrícola tabasqueña, que otrora fuera la flor más bella de Paraíso, Tab., y un viajante médico regiomontano; enamorado de la madre de Lorena, cinco años menor que ella. Su hermana mayor se llama Asunta.
Lorena es, por tanto, una beldad trigueña, de largo cabello castaño, de un moreno bronceado y un centro de gravedad ubicado un palmo por debajo de su cintura de 61 cm. Ojos avellanados de un color café claro enmarcan un sensual rostro ovalado en cuya esquina inferior izquierda un lunar negro pequeño contrasta con su personalidad estrictamente profesional (licenciada en economía egresada del ITAM, con mención honorífica) en esa envoltura altamente erótica. Licenciada licenciosa. Sabrosa.
Al leer yo sobre esa inmensa traidora que es su hermana, sucumbí ante sus encantos, como Josué Nadal en la novela de Fuentes. Hoy mismo; casi veinticuatro horas después de terminarla, puedo imaginarla sonriendo mientras Ruvalcaba hace rodar la cabeza de Josué con un machetazo certero aplicado arteramente desde atrás.
Sin más detenimiento en su cara y su cuerpo; les relato mi versión de su peculiar adolescencia y de un episodio que seguramente les servirá como divertimento a los lectores del autor de Cantar de Ciegos.
Ya acusaba Lorena a sus dieciséis años un andar coqueto y grácil; aunque la diferencia de talla entre el torso y las piernas aún no conformaban al mujerón en el que convertiría: su belleza era a todas luces innegable.
Entre sus amigas figuraba una estudiante recién egresada de la secundaria, como ella, de nombre Gladys Cifuentes, hija de un profesor de la Autónoma de San Luis Potosí, donde vivían las Jordán. La materia que impartía el profesor le venía valiendo un comino a Lorena, a pesar de haberlo escuchado varias veces de la voz de su amiga, a los cinco minutos no podría repetirlo.
Cada vez que Lorena visitaba la casa de Gladys, pasaban largas horas de la tarde tomando nieve de limón en el salón, inmenso lugar donde una chimenea con accesorios vetustos y empolvados. En el cuarto contiguo el profesor repasaba la lección o calificando exámenes. Parecía un hombre viudo o soltero, pues nunca aparecía la sombra de ninguna mujer en su vida; excepto su adorada hija.
Orfebre de antiguos artes alquímicos o químico orgánico, generaba desde el calor de las retortas olores semejantes ora a azufre, a almizcle, hasta el básico sudor e inclusive al olor del semen. El profesor se escabullía en las tardes en que las muchachas veían la televisión (cabe mencionar que en dicha época en San Luis, la televisión sólo se veía desde las 2 hasta las 8 de la tarde únicamente).
El químico quería hacer oro, según una fórmula encontrada en un libro sobre alquimia que –según decía- provenía del connotado Philippus Theophrastus Aureolus Bombastus von Hohenheim, también llamado Paracelso. La interpretación del texto era una versión libre del alemán hablado en Bohemia, traducido por el mismo profesor.
Para concertar el resultado de la receta, se requería sangre de tipo B negativo para trocar los iones ferrosos de la sangre en oro, transmutando metales pesados en una mezcla infernal, revolviendo su contenido frenéticamente a una temperatura a la cual un tortillero se sentiría acalorado.
Mató a Gladys accidentalmente, al sacarle sangre. No sabía que ella tenía la enfermedad de los príncipes, la hemofilia, que es un trastorno hereditario poco común en el cual la sangre no coagula normalmente; a la primera punción que le aplicó el profesor a su hija, habiéndola drogado profusamente, sobrevino la hemorragia. Las sábanas de la muchacha quedaron nadando en sangre.
Por el oro, mató a lo que más quería. Hombre que siempre trabajó demasiado para una vida llena de penurias, a pesar de estar dotado de una inteligencia más allá de lo común. Siendo de niño muy relevante para formar su carácter, haber observado la anatomía interna del cerdo durante su matanza y posterior consumo. El matarife del cerdo había adivinado intuitivamente el ventrículo izquierdo del corazón de la bestia donde atacaría con el puñal de sacrificio. Le adivinó incluso el tiempo en que el animal moriría. No falló en nada.
Cabe mencionar que la técnica también contaba en lo que a matar se trataba. La niña no sufrió.
Soñaba cuán difícil sería matar a una persona al encontrarse con la caja torácica. En sus sueños utilizaba un estilete mejor que un cuchillo de hoja ancha, a fin de penetrar fácilmente los espacios intercostales, tal y como lo había mostrado el matarife al matar al cerdo.
Lorena testimonió el hecho; más nunca lo denunció porque secretamente quería al profesor. Le llevaría después cigarros al Centro de Readaptación Social de Tabasco (Creset), aunque Lorena viajaría con su hermana Asunta a la Ciudad de México, cuando ésta fuera rescatada por Max Monroy.
Nunca más vería al profesor.
lunes, 9 de febrero de 2009
La Madre de Dante
Tengo la fortuna de tener cuatro hijos que se han convertido en mi orgullo, mi admiración y mi cariño cotidiano. En alguna ocasión, una amiga me comentaba que mientras más niños menor calidad de vida. Inmediatamente le respondí pensando en lo relativo del término "calidad de vida". Si se refiere a lo estrictamente económico o material; tal vez mi amiga tenga razón. En mi caso es directamente proporcional.
En el momento que decides tener un hijo decides que a partir de ése preciso momento tu corazón deja de habitar en tu pecho y sale corriendo a convertirse en otra persona.
En ésta ocasión le envío un saludo a una amiga que está a punto de tener a su segundo crío. Le deseo toda la buenaventura y muitos parabéms, como dicen los brasileiros.
A continuación, uno de los más bellos poemas de Siquelianos, fecundo griego de inicios del siglo XX, surrealista como sus coetáneos Kazatzakis y Elitis. Les recomiendo deleitarla con cuidado, suavemente. Ojalá les guste.
La Madre de Dante
Ányelos Siquelianos
Como vacía, en su sueño le pareció Florencia,
cuando despunta el alba,
y que, lejos de sus amigas, en soledad
erraba por las calles.
Y tras ponerse su vestido nupcial de seda,
y los velos de lis,
vagaba por las encrucijadas, y en el sueño
le parecía nueva cada calle.
Y en los cerros que bañaba un aura matinal de primavera,
como enjambres lejanos
lentos y hondos doblaban los agonizantes campanarios
de las ermitas.
Y de pronto, como si se encontrara dentro de un jardín,
en el aire más blanco,
de un jardín vestido de novio, y lleno de naranjos y manzanos,
de una punta a la otra,
y mientras la arrastraban las fragancias, le pareció que se acercaba
a un alto laurel,
en el que un pavo, saltando de peldaño en peldaño,
subía hasta la cima.
Y alargaba su cuello a una y otra rama
rebosante de bayas,
y se comía una, cogía otra y la tiraba al punto
desde la rama al suelo.
Su delantal bordado, alzó involuntariamente
en la sombra, hechizada,-
y he aquí que al instante se le hizo pesada, cargada
de rizadas bayas.
Del esfuerzo del alba, reposó así un momento,
en una nube fresca-
y sus amigas, alrededor de la cama, estaban esperando
para acoger al niño.
Trad. Ramón Irigoyen.