miércoles, 30 de septiembre de 2015
jueves, 29 de septiembre de 2011
Cuento tres - El MP
Habiéndose realizado la diligencia en comento, el Licenciado Miguel Vidriera aventó el expediente sobre su escritorio y le espetó a la secretaria: "Maguito, allí le encargo, ya no puedo más, me voy a casa".
Salió de la Agencia del Ministerio Público casi corriendo, sin despedirse de nadie. Afuera llovía ligeramente y todavía asomaba un poco la claridad entre las nubes grises que se percibían entre las torres del Paseo de la Reforma. Caminó tres calles hasta llegar al estacionamiento y sacó su miniauto.
Sin importarle lo más mínimo, la llamó. Sonó cuatro o cinco veces y la consabida cantaleta "buzón telcel....". Colgó. Titubeó entre volver a marcar o mandarla a la chingada.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Cuento dos - Gloria
En la lejana provincia de la Alta Verapaz, en Guatemala, hace un calor sofocante.
Allí vive Gloria, pequeña de once años curtida por el calor, habituada a tal grado, que apenas lo percibe.
En la Alta Verapaz no hay verano ni invierno. Sólo hay lluvia y estiaje. Hay mosquitos e insectos, con los que Gloria juega, arrancándole las patas y dejándolos retorcerse hasta la muerte bajo el peso de su zapatito de plástico; o bien amarrándolos a un hilo para llevarlos como globos minúsculos corriendo tras de ella.
Una gran satisfacción para Gloria consiste en ir con sus hermanos a comprar con cinco quetzales, una bolsa llena de paletas de hielo multicolores, que -aunque todas saben igual- pintan la lengua de distinta forma.
Le encanta la sonrisa chimuela de su hermanito Sabás, con la lengua pintada de azul, como un loro, o la lengua morada de Sonia, después de devorar una paleta de uva.
Pero el gozo dura poco. El calor vuelve segundos después de terminar las paletas.
En épocas de lluvia, los chamacos se pierden en búsqueda de mangos petacones en los árboles silvestres o en las huertas de los vecinos. Para eso el héroe es Sabás, quien con su resortera derriba los deliciosos mangos que los niños devoran con placer.
Todas las tardes cae la lluvia torrencial y corriendo todos los niños hacia el pozo, frecuentemente caen en laderas enlodadas, mismas que a niños citadinos les horrorizarían, terminando llenos de lodo hasta la cara.
Al final del descenso vertiginoso entre paredes de lodo, hay que bañarse ritualmente con todo y calzones en el pozo rebosado de agua de lluvia. El frescor que invade los cuerpos sudorosos es inimaginable -si no estás en un refrigerador-.
Pero todo es fugaz, todo es frágil. La alegría y la vida lo son. Ayer nos tocó velar a Gloria, pues la picó un mosquito y le contagió el dengue hemorrágico. Murió entre convulsiones y fiebres de 44 grados. Los médicos de Cobán, capital de la Alta Verapaz, tardaron demasiado en llegar al ranchito donde vivía Gloria. Ella murió pronto, pues estaba en alto estado de desnutrición. Descanse en paz.
Federico Meixueiro – Agosto de 2011
jueves, 2 de junio de 2011
Más de un año después
jueves, 8 de abril de 2010
Cumpleaños
miércoles, 7 de abril de 2010
World music
martes, 6 de abril de 2010
Sobre la administración del deporte y un par de felicitaciones

Tuve la oportunidad de trabajar en el organismo rector del deporte en México por el espacio de dos años aproximadamente. Allí pude apreciar esfuerzos notables y fallas garrafales. Estuve al inicio de una administración que condenó fuertemente a la administración predecesora. Yo me quedé con poca o ninguna idea de lo que había pasado antes de que yo entrara, sin embargo hasta hace unos días tuve la oportunidad de conocer al ex-funcionario que había tenido a su cargo la administración del deporte en México y me sorprendió su sencillez y su alto nivel como empresario del deporte. En un día de asueto tuvo la delicadeza de acercarse a un pequeño torneo de taekwondo para niños realizado en sus instalaciones, pronunciar unas palabras de aliento y felicitar tanto a los niños de sus escuelas como a los que no lo son, por igual.
lunes, 7 de diciembre de 2009
El timbre
Después de un largo abandono, quisiera intentar retomar, hasta donde las actividades académicas y laborales me lo permitan, el adorno de la estantería de mis posturas y opiniones que configuran esta columna.
Hoy quiero comentar sobre algunas costumbres laborales, que prevalecen en las oficinas mexicanas (por lo menos del ámbito gubernamental, que es donde he trabajado en los últimos catorce años) y que se contraponen a lo que he estado estudiando últimamente respecto de las teorías de administración neo-humano relacionistas.
A manera de contexto quiero referirme a la Teoría “Y” de Douglas McGregor, que describió en su libro “El lado humano de las organizaciones”, en donde considera que al ser humano no le disgusta trabajar (al revés de la Teoría “X”) y que el control externo y la amenaza de castigo no son los únicos medios de encauzar el esfuerzo humano hacia los objetivos de la organización, sino que el hombre debe dirigirse y controlarse a sí mismo en servicio de los objetivos a cuya realización se compromete.
Dicho lo anterior, las costumbres a las que me refiero específicamente a las siguientes:
- a) El jefe tiene al alcance de su mano un dispositivo o dos que funcionan de manera inalámbrica y con cuya acción activa un timbre cuya campanita o zumbido, dependiendo del grado de humillación que quiera infligir, llama a uno de sus
esclavosempleados. - b) El sólo hecho de que exista ese tipo de empleados es de lo más humillante. El alto funcionario no requiere de una corte que le rinda homenaje o que le haga el trabajo y cuyos miembros sean pagados por el Estado. En algunos casos se les denomina “coordinación de asesores” o “secretaría particular” y pueden consistir, dependiendo del grado jerárquico del funcionario, de entre dos y hasta cientos de personas.
- c) El jefe utiliza para fines personales toda la infraestructura humana y material de la institución en todos los momentos posibles. Quiero decir que “explota” a la institución lo más posible mientras dura su encargo y a veces hasta después de fenecido éste, dependiendo del grado de poder que haya logrado durante su gestión.
- d) El método más socorrido para que el jefe logre un control asfixiante, es comunicando miedo a sus subalternos mediante el autoritarismo o la amenaza; o bien despertando su irrestricta lealtad mediante la promesa de futuros dividendos. El empleado anhela, aspira a ser como su jefe, a poderse valer del poder para satisfacer sus ansias narcisistas; a poder poseer a la tan deseada secretaria o compañera de trabajo erigiéndose ante ella como el nuevo jefe o ya “de perdis” como el favorito del jefe.
No me cuesta trabajo comprender que Secretarios de Estado tengan una agenda pletórica de eventos y que requieran de uno o dos choferes, un grupo de secretarias o funcionarios de staff que organicen sus actividades. Lo que me cuesta más trabajo es ver cómo conforman enormes grupos de gente que le hacen su trabajo. Un trabajo por el que cobra un jugoso sueldo, que a la luz de los hechos aquí vertidos, resulta inmerecido.
Pero a la descripción del mal le sigue la propuesta de remedio. La solución no está en los jefes. Si los trabajadores anhelaran educación en vez de poder, la situación sería distinta. No se dan cuenta que son manipulados por el mismo poder, ofreciéndose como zanahorias para lograr sus fines. El antídoto es no tener miedo a ser amenazados, tener educación para sentirse seguros, para conocer sus derechos y las consecuencias de los actos del jefe injusto y autoritario.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Watermelon in Easter Hay
martes, 16 de junio de 2009
Dar y recibir gracias
Ayer tuve la oportunidad de recibir un agradecimiento del jefe máximo del lugar donde trabajo. Cabe mencionar que es una persona con una gran inteligencia, gran capacidad y por lo que veo y aprecio, un enorme liderazgo.
Hago tanto énfasis, puesto que –como seguramente saben- cambié de trabajo. En mi trabajo anterior recibí mucha presión, mucha falta de cooperación, pero no dejé de pasar la oportunidad de madurar profesionalmente y fortalecer las dotes de adaptabilidad y de templanza. De hecho, una querida amiga mía decía que su paso por la citada institución era “un curso intensivo de temple”. Pero bueno, al grano: resulta que a los quince días escasos de haber ingresado (allá por el 2007), tuve una reunión directiva en que funcionarios de mandos medios éramos “expuestos” por el jefe. La reunión resultó una verdadera calamidad. Uno por uno fuimos pasando por la mirada de águila del jefe. Al pasar una compañera y hacérsele una pregunta, el jefe cargó contra ella alzando la voz y lanzándole improperios. Siguió con otro compañero de probada experiencia y aplomo. Lo mismo. La verdad es que pensé: “si me hace lo mismo, renuncio en éste mismo instante”.
Afortunadamente el Hitlercito calmó sus ansias de novillero ridiculizando en público a los dos compañeros. Sin embargo, la experiencia me dejó inmóvil momentáneamente. ¿Porqué se comporta así? ¿Cómo lo habrán tratado de niño? ¿Será satisfactoria su vida sexual? ¿Quién lo trata así para que viva buscando desquite?
Tristemente durante los dos años y fracción que trabajé por allí las cosas fueron iguales o peores. Sin embargo, hay luz al final del túnel y entendí muchas cuestiones del género humano que había ya leído o inferido. Comprendí la naturaleza de la ambición, de la envidia, de la frustración; pero también encontré capacidad técnica e intelectual, afecto, amor, compasión y solidaridad.
Pero dejo tangencialmente el tema, que trataré con más profundidad en posteriores entregas. En resumidas cuentas, en esos dos años jamás recibí del jefe máximo de la institución más que groserías, desplantes o desprecio. No importa, no esperé nada de un personaje inculto, grosero e ignorante.
Dejo en este texto el testimonio de que las cosas no tienen porqué ser igual (y lo digo en todo lo ancho del sentido de la frase), lo digo como mexicano y lo digo como ser humano. Las cosas pueden ser distintas y la diferencia la hace la educación y el respeto. Ese agradecimiento que recibí ayer de alguien a quien respeto y admiro vale infinitamente más que ese otro agradecimiento que nunca llegó, a pesar de haber dejado el alma y el cuerpo en el encargo que se me encomendó. Estoy tranquilo y agradecido con la vida. Procuraré transmitir el agradecimiento. Háganlo ustedes.

