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lunes, 7 de diciembre de 2009

El timbre

Después de un largo abandono, quisiera intentar retomar, hasta donde las actividades académicas y laborales me lo permitan, el adorno de la estantería de mis posturas y opiniones que configuran esta columna.

Hoy quiero comentar sobre algunas costumbres laborales, que prevalecen en las oficinas mexicanas (por lo menos del ámbito gubernamental, que es donde he trabajado en los últimos catorce años) y que se contraponen a lo que he estado estudiando últimamente respecto de las teorías de administración neo-humano relacionistas.

A manera de contexto quiero referirme a la Teoría “Y” de Douglas McGregor, que describió en su libro “El lado humano de las organizaciones”, en donde considera que al ser humano no le disgusta trabajar (al revés de la Teoría “X”) y que el control externo y la amenaza de castigo no son los únicos medios de encauzar el esfuerzo humano hacia los objetivos de la organización, sino que el hombre debe dirigirse y controlarse a sí mismo en servicio de los objetivos a cuya realización se compromete.

Dicho lo anterior, las costumbres a las que me refiero específicamente a las siguientes:

  • a) El jefe tiene al alcance de su mano un dispositivo o dos que funcionan de manera inalámbrica y con cuya acción activa un timbre cuya campanita o zumbido, dependiendo del grado de humillación que quiera infligir, llama a uno de sus esclavos empleados.
  • b) El sólo hecho de que exista ese tipo de empleados es de lo más humillante. El alto funcionario no requiere de una corte que le rinda homenaje o que le haga el trabajo y cuyos miembros sean pagados por el Estado. En algunos casos se les denomina “coordinación de asesores” o “secretaría particular” y pueden consistir, dependiendo del grado jerárquico del funcionario, de entre dos y hasta cientos de personas.
  • c) El jefe utiliza para fines personales toda la infraestructura humana y material de la institución en todos los momentos posibles. Quiero decir que “explota” a la institución lo más posible mientras dura su encargo y a veces hasta después de fenecido éste, dependiendo del grado de poder que haya logrado durante su gestión.
  • d) El método más socorrido para que el jefe logre un control asfixiante, es comunicando miedo a sus subalternos mediante el autoritarismo o la amenaza; o bien despertando su irrestricta lealtad mediante la promesa de futuros dividendos. El empleado anhela, aspira a ser como su jefe, a poderse valer del poder para satisfacer sus ansias narcisistas; a poder poseer a la tan deseada secretaria o compañera de trabajo erigiéndose ante ella como el nuevo jefe o ya “de perdis” como el favorito del jefe.

No me cuesta trabajo comprender que Secretarios de Estado tengan una agenda pletórica de eventos y que requieran de uno o dos choferes, un grupo de secretarias o funcionarios de staff que organicen sus actividades. Lo que me cuesta más trabajo es ver cómo conforman enormes grupos de gente que le hacen su trabajo. Un trabajo por el que cobra un jugoso sueldo, que a la luz de los hechos aquí vertidos, resulta inmerecido.

Pero a la descripción del mal le sigue la propuesta de remedio. La solución no está en los jefes. Si los trabajadores anhelaran educación en vez de poder, la situación sería distinta. No se dan cuenta que son manipulados por el mismo poder, ofreciéndose como zanahorias para lograr sus fines. El antídoto es no tener miedo a ser amenazados, tener educación para sentirse seguros, para conocer sus derechos y las consecuencias de los actos del jefe injusto y autoritario.

martes, 16 de junio de 2009

Dar y recibir gracias

Ayer tuve la oportunidad de recibir un agradecimiento del jefe máximo del lugar donde trabajo. Cabe mencionar que es una persona con una gran inteligencia, gran capacidad y por lo que veo y aprecio, un enorme liderazgo.

Hago tanto énfasis, puesto que –como seguramente saben- cambié de trabajo. En mi trabajo anterior recibí mucha presión, mucha falta de cooperación, pero no dejé de pasar la oportunidad de madurar profesionalmente y fortalecer las dotes de adaptabilidad y de templanza. De hecho, una querida amiga mía decía que su paso por la citada institución era “un curso intensivo de temple”. Pero bueno, al grano: resulta que a los quince días escasos de haber ingresado (allá por el 2007), tuve una reunión directiva en que funcionarios de mandos medios éramos “expuestos” por el jefe. La reunión resultó una verdadera calamidad. Uno por uno fuimos pasando por la mirada de águila del jefe. Al pasar una compañera y hacérsele una pregunta, el jefe cargó contra ella alzando la voz y lanzándole improperios. Siguió con otro compañero de probada experiencia y aplomo. Lo mismo. La verdad es que pensé: “si me hace lo mismo, renuncio en éste mismo instante”.

Afortunadamente el Hitlercito calmó sus ansias de novillero ridiculizando en público a los dos compañeros. Sin embargo, la experiencia me dejó inmóvil momentáneamente. ¿Porqué se comporta así? ¿Cómo lo habrán tratado de niño? ¿Será satisfactoria su vida sexual? ¿Quién lo trata así para que viva buscando desquite?

Tristemente durante los dos años y fracción que trabajé por allí las cosas fueron iguales o peores. Sin embargo, hay luz al final del túnel y entendí muchas cuestiones del género humano que había ya leído o inferido. Comprendí la naturaleza de la ambición, de la envidia, de la frustración; pero también encontré capacidad técnica e intelectual, afecto, amor, compasión y solidaridad.

Pero dejo tangencialmente el tema, que trataré con más profundidad en posteriores entregas. En resumidas cuentas, en esos dos años jamás recibí del jefe máximo de la institución más que groserías, desplantes o desprecio. No importa, no esperé nada de un personaje inculto, grosero e ignorante.

Dejo en este texto el testimonio de que las cosas no tienen porqué ser igual (y lo digo en todo lo ancho del sentido de la frase), lo digo como mexicano y lo digo como ser humano. Las cosas pueden ser distintas y la diferencia la hace la educación y el respeto. Ese agradecimiento que recibí ayer de alguien a quien respeto y admiro vale infinitamente más que ese otro agradecimiento que nunca llegó, a pesar de haber dejado el alma y el cuerpo en el encargo que se me encomendó. Estoy tranquilo y agradecido con la vida. Procuraré transmitir el agradecimiento. Háganlo ustedes.

 
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